sábado, 31 de agosto de 2013

Una Intentona Ignorada contra Gibraltar en 1804

Artículo publicado en la revista Europa del 06 de enero de 1876


I

Es ya general en España el convencimiento de que D. Manuel Godoy, el célebre valido de Carlos IV, trató de justificar su elevación, tan infundada como rápida, con una conducta, si no hábil, patriótica al menos, y leal para con sus obcecados protectores.

La publicación de sus Memorias y, después, el juicio de sus actos, haciéndose imparcial a medida del tiempo, han venido a demostrar la pasión con que sus detractores le acusaron ante la opinión pública, exacerbada por la decadencia, cada día más visible, de nuestra patria.

No era hábil; ni como militar, porque le faltaban instrucción y experiencia, ni como hombre de Estado, debiendo figurar en la categoría de los que ahora se ha dado en llamar hombres listos único fruto que produce, hace mucho tiempo, nuestro desgraciado país.

Esa cualidad le arrastró a lo que a tantos en España, a la política personal; creyéndola, quizás de muy buena fe, compatible con la nacional para cuyo ejercicio se le llamaba al poder, y con la real, sobre todo, que sus favorecedores consideraban no poderse encomendar a manos más hábiles. La adulación, creando en él la soberbia que llegó a caracterizarle, le indujo más tarde a suponer que en su persona se apoyaba la máquina toda del gobierno de España, y que sólo en él existían fuerzas bastantes para impulsarla y los resortes que debían moderarlas según las cada día más difíciles circunstancias en que iba con su impericia comprometiendo ala Nación.
Y, hay que reconocerlo, la comprometía en razón de la violencia del estímulo que le aguijoneaba para ir justificando los favores crecientes de que era objeto, empujándole por el camino peligrosísimo de las aventuras, hacia el que es tan fácil atraer a los españoles, siempre anhelantes de la gloria que, afortunadas ó tristes, proporcionan.

La guerra es uno de esos caminos; y la llamada de la República y la de Portugal demuestran cuan fácilmente se engolfaba en él, á pesar de las dificultades que siempre ofrece y contra los consejos que recibió, los más fundados y sanos. Las alianzas dirigían a otro, que tomaba con una precipitacion y una veleidad rayando en demencia; y los tratados que celebró con la Francia, a la vez que torpeza, y de las más insignes, revelan cómo buscaba el acrecentamiento de su fortuna, procurando ligarla a los intereses de los que con sus hazañosas empresas parecían deber aspirar a la mayor influencia en Europa.

Siempre manifestó aborrecimiento a los ingleses, después, sobre todo, de la infructuosa empresa de Tolón; y en ese odio, como en el deseo de hacerse popular vengando uno de los ultrajes más crueles que nos han inferido, aun siendo tantos y tan bochornosos, hay que buscar la razón del, para Godoy, brillante y serio proyecto a que se refiere el presente escrito.

Él nos demostrará, así como una candidez en todo hombre de Estado inconcebible, el celo patriótico del célebre valido y sus aspiraciones a con grandes golpes de fortuna hacer olvidar lo irregular de su elevación.

Era el año de 1804, y reciente el insulto de haber apresado los ingleses cuatro de nuestras fragatas que, confiando en la paz, navegaban en demanda de la Península, ardía en los españoles el anhelo de vengarlo de una manera tan ejecutiva como gloriosa.

No poca culpa tenia nuestro Gobierno en aquella bárbara hazaña de los insulares, porque en observancia del tratado de San Ildefonso, compraba todavía con subsidios cuantiosos lo que, proporcionándolos, llamaba neutralidad en la anterior contienda de Inglaterra con Francia. Y aun cuando la paz de Amiens se había interrumpido con actos de piratería perfectamente iguales al del cabo de Santa María, habiendo llegado hasta el de 1.200 el número de los buques franceses ó bátavos apresados por  la marina inglesa, los españoles, sin recordar el pecado de su alianza con la Revolución, navegaban confiadamente cargados de los fondos mismos que se le destinaban. ¿Por dónde habían de esperar de los ingleses conducta más regular y justificada que la que observaban éstos con una nación a cuyo frente se hallaba el vencedor de Marengo?

Iba a coronarse Bonaparte en aquel inmenso campamento de Boulogne, que, de escuela militar, había pasado a ser base de un establecimiento marítimo destinado a arrojar sobre la costa opuesta de Inglaterra una expedición capaz de resultados más grandiosos aún que los obtenidos por el primero de los Césares al romper las tinieblas en que yacía envuelta aquella isla, tan influyente después en los destinos del mundo.

La gloria ya adquirida por sus armas; la no menor que su administración comenzaba a proporcionarle, y el influjo de su política en el continente, donde intervenía ya con una autoridad que se iba haciendo incontrastable, parecían acusar al gobierno inglés de temeridad é imprevisión. ¡Cuál no sería, sin embargo, el temor que abrigase por el crecimiento futuro del coloso para decidirse a romper con él en tales circunstancias, atropellando la opinión general, favorable sin disputa a la paz, y a la vista de los armamentos formidables con que tan de cerca se le amenazaba!

Y no sólo arrojó el guante a la Francia, sino que a sus aliados también y a los amigos tibios ó enemigos embozados, que de todo había en aquellos días por Europa para la Gran Bretaña.

Se iba a jugar el todo por el todo, a ser ó no ser, decidiéndose Europa por la preponderancia francesa, que era la de la fuerza terrestre, inmediata, despótica, ó por la tiranía de los mares, brutal también, monopolizadora y bochornosa del mismo modo.

Había que elegir entre una y otra para devolver la paz al mundo, tantos años hacía conturbado por aquella lucha colosal, sin semejante en los tiempos modernos.

Al Norte afectaba más el predominio francés, porque todavía no miraban al mar sus grandes potencias; al Mediodía el británico, como eminentemente coloniales las que allí asientan. Formóse asi la tercera coalición contra la Francia; y si Godoy se hubiera inspirado en ideas verdaderamente prácticas, habría hecho que España entrara en ella, a pesar de la vecindad de la Francia y de los ultrajes del gobierno inglés, como dos años más tarde lo intentaba, a pesar de Austerlitz y de Trafalgar, y, otros dos después, lo hacia la nación rompiendo con todos los intereses personales y con todos los equilibrios políticos.

Pero en 1804 prevalecían unos y otros; y España, vendados los ojos por el interés ó el miedo de Godoy, ó ciega por la pasión al sentir el azote del 5 de Octubre, hubiera dado por vengarlo hasta su existencia política.

La opinión se manifestó en eso unánime contra los provocadores, y Godoy, creyendo poderla satisfacer con un golpe que, de obtener éxito, le haría el ídolo do la nación, se dispuso a darlo lo más rudo que le fuera posible.

¿Cómo?

Se tomarían medidas severísimas contra las propiedades de los ingleses que se hallaran al alcance de nuestro Gobierno; se apelaría al corso para el apresamiento de los buques británicos mercantes ó de guerra allí donde se les descubriera; y, al retirar de Londres la legación española, se darían á luz un Manifiesto y una Proclama á la nación y al ejército, en que, al poner en su conocimiento los actos de piratería salvaje a que se había entregado la Gran Bretaña, se la declarase la guerra sin descanso ni tregua.

Publicáronse, con efecto, el Manifiesto y la Proclama el 12 y el 20 de Diciembre, causando, como era
natural, en España extraordinaria indignación contra Inglaterra y manifiesto entusiasmo para que no fuese aquella estéril, y en la Europa toda continental el convencimiento de que era imposible la paz mediando las ambiciones, a cual más desenfrenadas, de la vieja Albion y la Francia revolucionaria.

Antes, sin embargo, de la publicación de aquellos importantes documentos de la cancillería española, salió del estado mayor del Generalísimo un despacho, hasta ahora desconocido, como todos los que vamos a estampar en el presente escrito, guardados cuidadosamente en el archivo interesantísimo del duque de Bailen. Su fecha, posterior en sólo un mes y tres dias a la de la captura de nuestras fragatas, y su objeto bien popular desde la época de otra catástrofe anterior en un siglo, inolvidable para los españoles, revelan el ardor con que Godoy se propuso vengar una y otra ruidosa y satisfactoriamente.

Dice así el despacho:

«Excmo. Sr.: El insulto que hemos recibido de los ingleses por la presa de las fragatas, de que se dio aviso a V. E. en el último correo, exige una determinación que nos proporcione el justo desagravio.
 Las actuales circunstancias de Gibraltar parece que nos ofrecen el medio de lograrle: una tentativa de sorpresa gloriosa nos hará, tal vez, dueños de aquella plaza, empleando para ello hombres desalmados del presidio de Ceuta, dirigidos por oficiales de conocido espíritu y arrogancia, ofreciéndoles a unos y otros la libertad y premios conducentes; y para que V. E. disponga con la mayor brevedad esta empresa, siguiendo las ideas más oportunas que le sugiera su experiencia militar y los conocimientos que tiene de los puntos débiles de esas fortalezas, he dado mis instrucciones al coronel D. Joaquín Navarro, que lleva ésta con el encargo de tratar el asunto con V. E., a fin de llevarlo a debido efecto; en la inteligencia que de estas mis disposiciones sólo son sabedores los jefes de estado mayor de artillería é ingenieros y el dador de ésta, pues conviniendo sobremanera el sigiló y disimulo, hago esta advertencia para que se conduzca V. E. de modo que ni por la menor cosa pueda sospecharse tiene V. E. entre manos negocio tan importante.
 Espero, pues, del talento y  pericia militar de V. E. que se desempeñará esta acción de suerte que, sin exponer a un compromiso las armas del Rey, se dé un golpe glorioso para la nación, para V. E. y para mí, que confío en el buen éxito, poniendo esta empresa al cuidado y disposición de V. É., cuya vida guarde Dios muchos años.

Madrid 8 de Noviembre de 4804

El Príncipe de la Paz.



Excmo. Sr. D. Francisco Javier Castaños.»


Hé aquí de manifiesto el grandioso plan con que el favorito de Carlos IV se proponía vengar el acto pirático de que se valieron los ingleses para provocar la guerra en España, igual, según ya hemos dicho, a los varios con que un año antes habían hecho se rompiese el tratado de Amiens.

En un papel aparte, pero adjunto al despacho dirigido a Castaños, pues que tiene las mismas marcas de fábrica y letra igual, se lee en forma de Apuntaciones, lo siguiente:

«En Cádiz hay armados tres navíos de guerra; uno ídem armado en urca y dos fragatas y una urca.
En Cartagena una urca.
Barbastro está en Archidona; su fuerza novecientos once hombres; es buen cuerpo.
Barbastro irá al Campo con pretexto del cordon.
Castaños debe estar prevenido para obrar con su tropa, luego que cuatrocientos desterrados de Ceuta, ó los posibles hasta cuatro mil que hay, sorprendan la ciudad de Gibraltar, cuya guarnición será de tres mil hombres; ofreciendo á los presidiarios lo que hay en la plaza que no sea militar, y además su libertad, irán a la empresa sin resistencia: este golpe, si no sale cual se desea, no nos compromete, pues no obra la milicia, y nos libramos de ese número de vagos.»

Ese papel no resiste a examen de ningún género, y sobrarían los comentarios si nos decidiéramos a comunicarlos a nuestros lectores.

Debió hacérselos Godoy, porque el 26 del mismo mes de Noviembre aparece un poco variado el proyecto en una comunicación dirigida a Castaños por D. Antonio Samper y D. José Navarro, del estado mayor del Generalísimo. Ya es un paisano, D. Domingo Soriano, quien, acompañado del sargento de Minadores D. Juan Ruiz, va al Campo a comunicar a Castaños su plan de operaciones para el recobro de Gibraltar.

Se reunirán en la plaza más de 700 hombres resueltos, que se apoderarán de los cuarteles, y, bajando después el puente levadizo y abriendo los rastrillos del camino cubierto, abrirán paso a las tropas que deberán apostarse en la inmediación.

«Y si V. E., dice la comunicación, hallase conveniente servirse de los desterrados de Ceuta para que tomen la vanguardia, podrá mandar que se reúnan en el nú»mero convenientes»

A Soriano se le ofreció el premio que pidiese, si su plan se realizaba y obtenía el éxito que de él parecía esperar el Generalísimo.

Tenemos, pues, ya por medio un proyectista, en quien habrá que ver muy luego un petardista del peor género.

III

Y aquí comienza a aparecer en la correspondencia que vamos examinando la acción del general Castaños; acción, como.de él, tan cauta y recelosa que no se deja en ella ni aun traslucir el concepto que le merecía Soriano, ni el valor que pudiera dar a sus proyectos. En comunicación de 6 de Diciembre, cuya minuta, autógrafa como todas las de este expediente, tenemos también a la vista, dice el general Castaños que Soriano manifiesta cada día más confianza en el éxito de su proyecto, y que, aunque por razon de no abrirse la comunicación de la plaza con su puerto no se ha perdido tiempo, tal vez hubiera ocasionado mucha alteración en las disposiciones el atraso de Barbastro, detenido en «Marbella» por falta de caudales para la marcha.

Había fondos en Algeciras, pero el ministro de Hacienda había prohibido su empleo, aun sabiendo que otro batallón, el de Gerona, vivía de prestado en las tiendas de San Roque. ¡Achaque muy antiguo, ciertamente, en España, donde ha sido rara la ocasión, solemne y todo, en que la falta de dinero no haya entorpecido la acción que se meditaba, si era necesario para ella!

Pero con representar esa necesidad y con referirse a las comunicaciones que a la vez se cruzaban entre Godoy y su emisario Navarro, Castaños salía, sin duda, del aprieto en que le ponian las promesas de Soriano y la confianza que en ellas depositaba el Generalísimo.

Es de sentir sobremanera la falta de la correspondencia de Navarro, porque en ella aparecerían, sin duda, los fundamentos del plan de Soriano y las disposiciones todas de Godoy para secundarlo. Castaños, ya lo hemos dicho, se muestra muy receloso desde sus primeras comunicaciones; y para que se vea cómo se propuso conllevar la responsabilidad que podría caberle en la ejecución de plan tan dudoso en cuanto a sus resultados, allá va su despacho de 20 de Diciembre, espejo fiel de sus sospechas y de su cuidado a la vez para que no pudiera achacársele el fracaso que temía.

Dice así:

«Llegó el mariscal de campo Reding con su primer batallón antes del tiempo en que le aguardaba, habiendo hecho la marcha con mucha celeridad: Tarragona estará mañana en San Roque: si el viento Sudoeste, que reina hoy con mucha fuerza, calma algo, podemos aguardar las cuatro lanchas cañoneras y los efectos pedidos al departamento de la isla: salieron de Gibraltar los dos corsarios que han de conducir los brulotes, y todo cuanto ha pedido Soriano estará pronto para el dia M, en que se asegura se abrirá la comunicación de la plaza, cuya circunstancia se ha considerado siempre como indispensable para la ejecución del proyecto en el que se afirma Soriano, pero sin que hasta ahora haya podido conseguir se verificase mi entrevista con el personaje ni manifestado quién sea, pues sólo entonces se desvanecerán las dudas que pueda infundir la combinacion que dice asegura el éxito del plan, al que nada, dice Soriano, perjudica la llegada del nuevo gobernador el general Fox, que desembarcó anteayer, ni el convoy en el que me avisan de Gibraltar vienen 500 artilleros y dos regimientos, que si están al completo, como es regular, debe contarse sobre 600 hombres cada uno. Esta tropa no ha desembarcado aún, y creo la colocan en Punta de Europa; y como nuestro partido en Gibrallar cumpliese sólo con facilitarnos la entrada por Puerta de Tierra, aseguraría a V. E. la posesión de este Peñón, oprobio de la nación, pues aunque en su número serían nuestras tropas tal vez inferiores a las inglesas, estoy tan convencido de la superioridad en espíritu y actividad, que las juzgo batidas en el momento que estemos en disposición de atacarlas. Pronto saldremos de dudas, y ó la impostura ha sido muy grande, ó debemos confiar mucho: entre tanto, no sosiego, y me vanaglorio de que si llega el caso, no desmereceré la confianza que he debido a V. E., cuya vida pido á Dios guarde muchos años. 


Algeciras, 20 de Diciembre de 1804.

Excelentísimo señor Príncipe de la Paz.»


A estas dudas contestaba Soriano con seguridades que hacia llegar directamente a Godoy, quien las trasmitía a Castaños para que expresase de palabra al mencionado Soriano que no dudaba un momento de su oferta ni que dejara de tener el feliz resultado que deseaba.

Plan más descabellado no podía, sin embargo, imaginarse. Pensar que en una plaza como Gibraltar, cuyos repetidos asedios desde el día en que cayó en poder de los ingleses revelan el ansia patriótica de lodos los gobiernos españoles por recuperarla, se habría de ejercer tan escasa vigilancia que un puñado de aventureros bastara para sujetar a su siempre escogida y nunca débil guarnición, era, con efecto, llevar la credulidad a un punto inconcebible. Pero fiar, además, empresa de tamaña trascendencia a la palabra y a la acción de un hombre oscuro, sin garantía de ninguna clase ni responsabilidad a que contestar el día del fracaso ó el del desengaño, era, no sólo insigne torpeza, sino precipitar el país a una aventura temeraria con casi todas las probabilidades de funesta y de las consecuencias más graves. Porque decir que se fiaba a quienes se hacia el honor de llamar desterrados de Ceuta para que no resultasen comprometidas en esa aventura las armas del Rey, es otra candidez de las más inocentes. ¿Quién habría puesto en libertad a esos desterrados? ¿A cuenta de quién obraban armados y en complot tan trascendental?.

En 1704, y durante el primer asedio, se puso en principio de ejecución el plan propuesto por un cabrero llamado Simón Susarte que, colocándose en el monte con 500 hombres y ayudado por algunas tropas más de las sitiadoras, quería caer sobre los defensores de la plaza y recuperarla. La energía del príncipe de Darmstad ó la falla de ayuda del general sitiador, pretendiendo dejar el honor de la empresa al mariscal Tessé, ausente todavía, fueron parte al malogro del cabrero.

¿Pensaría Godoy, conociendo este episodio, que había llegado el caso de aprovechar coyuntura semejante?

Pero, aun dando fe, y por entero, a la historieta, ¿podía compararse la situación de Gibraltar en una y otra época, mediando un siglo justo entre ellas?

Ni el estado de las fortificaciones, hallándose cerradas las avenidas al monte con obras de un acceso imposible; ni las condiciones de la guarnición, necesariamente más fuerte cuando no tenían aún asegurada los ingleses la superioridad marítima que ya nadie les disputó desde la fatal jornada de Trafalgar, tenían ni punto de semejanza entre la ocasión, no sabemos hasta que punto desaprovechada, del cabrero y la que presentaba Soriano como propicia y hasta fácil.

Bien podía decir Castaños que si se le facilitaba la entrada por Puerta de Tierra, aseguraría la posesión de aquella roca, oprobio de la nación española. El Peñón estaba ya cortado por líneas de obras robustísimas que forman otros tantos reductos para ir prolongando la defensa; y su conquista no era lo fácil que la pintaba el ilustre general, a quien sobraban talento y perspicacia para comprender todos los obstáculos que hallaría; pero bien claro da a conocer también en su escrito últimamente copiado que allá en el fondo de su alma se burlaba de la superchería del petardista y de la credulidad del ministro. Veía mucho más remota la ocasión de acreditar su arrogancia que la del desengaño acerca de los proyectos y cabalas del impostor.

A la del  20 de Diciembre sigue otra comunicación del 24, en que Castaños trasmite una revelación importante de Soriano. El gobernador saliente de Gibraltar, M. Trigg, el acabado de relevar por el hermano del célebre orador Fox, era el autor de toda la empresa, «disgustada del modo con que ha sido tratado por el Ministerio y temeroso de los cargos que intentarán hacerle, siendo su primer enemigo el duque de Kent»

De modo que, sin la incomunicación por causa de la peste, y sin los fuertes vientos del Sudoeste que impidieron la llegada de las lanchas y efectos pedidos a la Carraca, Gibraltar hubiera sido nuestro en la Navidad de 1804. ¿Qué había de resistir a la influencia de un gobernador puesto de acuerdo con el jefe de las tropas acantonadas en San Roque?

«Me ha sorprendido, dice Castaños al príncipe de la Paz, esta declaración, conociendo el carácter pacífico é indolente de Trigg, su edad avanzada, y considerarle con mucho dinero por haber mandado cuatro años en América; pero Soriano lo dice con seguridad, y a no ser así, también parecía imposible contar con el plan presentado, en el que las principales disposiciones dependen en mucha parte del que manda.....

¡Ironía más suave ni más elocuente! parece la de un griego del siglo de Pericles.

«Pero, continúa el despacho, en las noticias que nos ha comunicado Soriano en estos días, hallo la contradicción de que, según estas, Trigg se había fingido enfermo por no entregar el mando, y que he recibido dos oficios de Fox como estando ya encargado de él. Encargan de la plaza que se avise el momento en que lleguen los brulotes y,demás auxilios pedidos a la Marina, para no perder tiempo en dar el golpe que consideran como seguro a pesar de haber llegado Fox; y por lo que pueda convenir, he noticiado a Soriano que en una carta del duque de Kent a D. Manuel Viale le anuncia que este general trae la orden para remover todos los empleados por Trigg y variar su sistema, le anuncia el mal recibo que tendrá en Inglaterra y la dificultad con que cree responderá a los cargos que se le harán.»

Y acaba de este modo, altamente característico en el general Castaños, y que cierra por completo tan habilidosa comunicación:

«Con tantas confusiones, dudas y esperanzas, puede V. E. persuadirse la inquietud en que estamos y cuan largos parecen los momentos que difieren el que tenga fin un asunto de tanta entidad, y en el que es preciso proceder de modo que nadie llegue a penetrarlo, por las consecuencias que podrían seguirse, aun en el caso de haber sido engañados.»

IV.

Con esta comunicación se cruzaba otra del estado mayor del Príncipe, que principia así:

 «Considerando el señor generalísimo príncipe de la Paz que en el caso de que V. E. se haya apoderado de la plaza de Gibraltar con las tropas de su mando, según el plan premeditado, necesitará V. E. más infantería para cubrir el servicio ordinario y sostener la posesión de dicha plaza contra cualquier intento del enemigo, y por si acaso V. E. no ha tenido nuevo refuerzo además de la tropa de Reding y de Tarragona, que ya llegó a ese destino, según manifiesta V. E. en oficio de 20 de este mes, decimos con esta fecha de orden del expresado superior jefe al comandante general de Andalucía lo siguiente.»

Y sin revelar el objeto, con el único de que se pudiera defender el territorio que Castaños tenía bajo su mando y escarmentar a los enemigos que intentasen invadirlo, se mandaba pasasen luego, luego, a San Roque 2.000 hombres de infantería.

De modo que para Godoy era tan seguro el plan de Soriano, que ya podía darse por ocupada Gibraltar, y era necesario atender a su defensa contra los enemigos que, de seguro, tratarían de recuperarla.

Tal debió ser después el rubor del desengaño, que el hombre que se detiene tanto en recordar sus actos a la posteridad en las Memorias que dio a luz en 1839, no hace a éste ni la más embozada alusión. Por el contrario, como si tratase de desorientar a las gentes, con el objeto, sin duda, de no permitirlas se detengan a investigar cuáles serían las medidas que, al conocer la catástrofe de las fragatas, tomó para vengarlo, dice así en el capítulo XXI:

«Cuerdo y prudente aún más de lo que es dable en tales circunstancias, nuestro Gobierno aparentó por muchos días no saber la ignoble hazaña que «estaba cometida, y todo el mes de Octubre se siguieron las conferencias, aguardando con flema propia nuestra que el ministro Frere se explicase él mismo sobre tal conducta. D. Pedro Ceballos le dirigió su postrer nota en 3 de Noviembre, y esta nota, que ofrecía seguridades al gobierno inglés cuanto era compatible con el honor de la corona, se quedó sin respuesta, partiendo luego M. Frere atropelladamente. Nuestra declaración de guerra se tardó otro mes más, y las explicaciones no vinieron. Disimuló el Gobierno tanto tiempo y difirió su rompimiento por dos meses, esperando que la Inglaterra viese en esto nuestros deseos de paz y la perfecta independencia en que se hallaba el Gabinete. Desde el primer instante de saberse la agresión inglesa, nos prometió la Francia su asistencia: los ingleses lo sabían bien. La prueba que les dimos de espera y de cordura les debió hacer tomar mejor acuerdo; mas Pitt quería la guerra.»

¿Cómo el que tanta memoria ha revelado al descubrir, por ejemplo, las negociaciones en que andaba con D. Domingo Badía, el célebre viajero Alí-Bey para la conquista de Marruecos, memoria que alcanza a la conferencia con Carlos IV al rechazar éste un proyecto que repugnaba á su honradez; ¿cómo, repetimos, olvida plan tan alto y patriótico cual el de arrebatar a los ingleses la preciada roca por cuya conservación han hecho y siguen haciendo tantos sacrificios?

No debe, pues, atribuirse a olvido el silencio de Godoy en este punto, sino que, viendo que ninguno de sus detractores se lo había tomado en cuenta, y que en el secuestro de sus papeles no fué encontrado, sin duda, ninguno que a él se refiriese, no tuvo, como al descifrarse los referentes a Marruecos, necesidad de sincerarse de los cargos que se le pudieran hacer. Y no por falta de patriotismo, que ya hemos dicho y está probado que no carecía de él, sino por exceso de candidez, de que está visto también adolecía por aquella época, suponiendo nada menos que fácil la reconquista de Gibraltar y la anexión del vasto imperio marroquí, a cuya capital consideraba llegarían en muy pocas jornadas nuestras tropas mediante las muchas y calurosas inteligencias establecidas en él por el viajero seudo-abasida.

Si faltara todavía una prueba del estado en que debía hallarse la cabeza del valido, no tendríamos sino remontarnos un año más en la relación de sus procedimientos políticos, y hallaríamos aquella fatal proclama de 6 de Octubre, en que se atrevió, aunque sin valor y sin arrogancia por la ocasión y el misterio, a arrojar al rostro de Napoleón un guante que no tardaría éste en demostrar lo había recogido con la misma intención aviesa que la de su torpe provocador.

De manera que, equivocando la mala fe con la habilidad, así creía Godoy engañar a la Gran Bretaña con apariencias de una prudencia extremada para arrancarle Gibraltar, como al que todos los días llamaba su magnánimo protector provocaba en el momento de verle a las manos con los discípulos de Federico, única esperanza entonces de la Europa anti-revolucionaria.

Nuestro hombre andaba de Pitt y Adington a Bonaparte, cual si no fuera como andar de Sicilia a Caribdis en las angosturas de la política, en vez de mantenerse en el puerto de una neutralidad sincera ó lanzarse al mar abierto, aun cuando proceloso, de las alianzas. Ha dicho hasta la saciedad el secretario florentino que los débiles no deben permanecer neutrales, por quedar después a merced del vencedor, enojado con ellos por no haberle seguido en la contienda.

En pago de su torpeza, recibía el Gobierno de Godoy, pues seria hipócrita llamarlo de Carlos IV ni de la nación española, el ultraje del apresamiento de las fragatas, al que él contestaba con la intentona, que estamos describiendo, contra Gibraltar.

Cuando ya la consideraba realizada, los recursos marítimos que pedía Soriano se hallaban todavía en Sancti Petri detenidos por la tenaz resistencia delos vientos del S. 0., lo cual servia al petardista para continuar explotando la credulidad de los que le escuchaban. Sólo Castaños parecía receloso, esperando la acción que debería emprenderse en cuanto llegaran las lanchas de la isla gaditana, ó la manifestación del desengaño, pues, como decía en oficio del 31 de Diciembre,

 «tenemos datos para todo, no siendo pequeño para desconfiar la declaración que me hizo (Soriano) de ser Trigg el autor, y que, para ejecutarlo (el proyecto), no entregaría el mando hasta el día 1.° de Enero, y se verificó su embarco y salida para Inglaterra el dia 27, y como tampoco hasta ahora se ha tratado con más que con Soriano, debemos estar atenidos a lo que diga.»

La insistencia de Castaños en sus despachos sobre la conducta atribuida a Trigg, y la incomunicacion en que Soriano le tenía para con los demás conspiradores de dentro del Peñón, era, como todos comprenderán y ya hemos hecho observar, fundadísima. Se conoce que a Soriano debía de apremiársele con observaciones pertinentes a ese punto, porque no hacía más que ir y venir a la Línea a conferenciar con sus amigos, para así, sin duda, entretener la impaciencia de Navarro y, sobre todo, de Castaños, quien en esa misma comunicación del 31 continuaba diciendo:

 «Hoy ha ido a la Línea por aviso que ha tenido de sus parciales, que dice están impacientes y resueltos a dar el golpe sin los auxilios que se aguardan si no hubiesen llegado en todo el día de mañana. Si volviese Soriano, añadía, de su conferencia a tiempo que pueda despachar un alcance al correo, avisaré á V. E. lo que se haya acordado, estando asegurado de que por nuestra parle no habrá atraso ni omisión, y que, aunque en lodo se procederá con precaución, no debe ser ésta tanta que siempre que las apariencias sean fundadas deje de darse algo á la suerte, que no podrá sernos adversa cuando V. E. es quien dirige esta empresa.»

Y con efecto, como diría un escritor humorístico, el 6 de Enero volvía á escribir Castaños al príncipe de la Paz, no para comunicarle la tan anhelada y fausta noticia de la toma de Gibraltar,sino para inspirarle nuevas esperanzas que el tiempo iría un día tras otro amortiguando, y las intrigas de Soriano avivando alternativamente.

 «Había resuelto no escribir a V. E. hasta estar desengañado ó en posesión de Gibraltar, así comienza Castaños su oficio del 6 de Enero del nuevo año de 1805; pero el tiempo ha mejorado y las nuevas seguridades de Soriano me hacen ya consentir en que llega esta época tan deseada: mañana está arreglado debo tener por la noche mi conferencia fuera de la Línea con los sujetos que dicen son cabezas de la conspiración; se acordará el día definitivo para dar el golpe, y aunque se había dispuesto ya ejecutarlo sin el importante auxilio de los brulotes y las armas que vienen de Cádiz, ha cesado el furioso y obstinado temporal, por lo que debemos confiar que se verificará el plan completamente.»

V.

Pero ¿qué órdenes hablan llegado entre tanto al campo de San Roque para que su comandante general en una comunicación, sin fecha en la minuta, pero señalando la del 6 como futura, se opusiera a que se arrojasen a Gibraltar algunas bombas que, al parecer, se creía conveniente regalar a sus habitantes?

 «Doy parte a V. E., decía, de mi dictamen sobre no parecerme útil ni prudente el tirar sólo algunas bombas a Gibraltar, y además de las razones que expongo, entra también la de que hasta verificar el golpe ó desengañarnos no conviene alborotar inútilmente a la guarnición, siendo tal vez muy oportuna la tranquilidad y confianza en que estamos por parte de tierra para adquirir noticias y poder tener más facilidad para comunicar con los jefes de nuestro partido en la plaza; y sólo desearla que el apostadero estuviese en disposición de incomodar a cualquier convoy que en lo sucesivamente se presente, pues en cuanto al de la expedición ya hace días que no se ve y lo considero muy próximo a su destino.»

¿Quién daría la orden de tal bombardeo? Parece imposible que se creyera útil para el objeto a que se aspiraba un acto que de seguro produciría en Gibraltar la alarma consiguiente y, con ella, vigilancia, rigor y represalias que inutilizarían la acción de los partidarios de España dentro de la plaza.

No sólo tenía razón Castaños al expresarse como acabamos de recordar, sino que se hace hasta increíble el procedimiento que se le mandaba poner en ejecución. ¿Sería quizás que, habiendo comenzado las negociaciones entre D. Eugenio Izquierdo y Napoleón para dar a Godoy una posición algo más desahogada que la a que se había encumbrado, algún principado independiente, un cetro o cosa parecida, querría mostrarse impaciente por el servicio de su nuevo patrono al punto de malograr plan tan maduro ya en su mente y tan próximo á su realización como el de su estratagema contra Gibraltar?

Se ignora cuándo tuvieron nacimiento esas aspiraciones; pero si Napoleón dejó deslizar, por los días a que nos vamos refiriendo, la idea de proteger a Godoy contra sus enemigos interiores y exteriores si él mostraba energía y celo en favor de la Francia, algunos pasos habría dado anteriormente Izquierdo en la corte imperial para que se adelantaran ofrecimientos tan significativos y halagüeños. Eran éstos para alucinar una ambición aun más reservada y cauta que la del poco sagaz valido; y no debe extrañarse que para mantener el calor de tamaña protección en el ánimo del Emperador, y anhelante por darle muestras de su adhesión, más prontas y quizás más ruidosas que la unión marítima ya activa entre las dos naciones, quisiera probarle con un bombardeo prematuro á Gibraltar su entusiasmo por la alianza francesa. Pondrían las bombas de manifiesto su proyecto de reconquista del tan codiciado promontorio; mas iniciados los menos problemáticos de su grandeza personal, ¿qué le importaban los que, por muy obcecado qué estuviera, debía suponer, si no fracasados del todo, a punto de producir uno más de tantos y tantos desengaños como su impericia le iba proporcionando?

Y el de la reconquista de Gibraltar estaba tan próximo, que a una comunicación de Castaños manifestando cuál menudeaban los datos que pudieran hacer sospechar que Soriano había prometido con ligereza, sigue en la correspondencia que vamos examinando un oficio del coronel Orell desde San Roque en que, con fecha del 6 de Marzo, se le decía lo siguiente:

 «Excmo.Sr.:  
Queda asegurado Domingo Soriano en un cuarto de mi casa, en cumplimiento de cuanto V. E. me tiene prevenido, habiendo procedido al inventario a presencia de dos oficiales del real Cuerpo de artillería: su ausencia del pueblo está considerada como fuga, cuya voz se ha esparcido: he dado principio a las declaraciones, que pasaré a V. E. evacuadas que sean.
Espero me dispense V. E. las órdenes de su agrado.
Dios, etc....» 

Excmo. Sr. D. Xavier de Castaños, capitan general de este Campo.»

Ya tenemos aquí descubierto al petardista, y por si nuestros lectores, ignorantes de su procedencia y del fruto que pudo sacar de tantos y tan dilatados enredos, desea satisfacer la que, en efecto, debe constituir su primera curiosidad, pues la del desengaño de sus procederes podía tenerla satisfecha muy de antemano, allá va trascrita la orden de 30 de Abril de 1805, en que los oficiales del estado mayor del Generalísimo descorren el velo de tanta maldad y trapacería por un lado, y de tanta y tan lamentable ligereza por el otro.

Dice así:

«Reservada

Excmo. Sr.

El señor generalísimo, príncipe de la Paz, en vista de la falsedad de los procedimientos de Domingo Soriano, abuso que ha hecho de la libertad y auxilios que de buena fe se le franquearon, y lo demás que contra él resulta justificado en la sumaria información que V. E. remitió con fecha de 8 de este mes, así y por lo que corresponde al principal asunto que la ha motivado como por su acreditada mala conducta anterior, ha tenido a bien resolver por efecto de benignidad que al expresado Domingo Soriano se destine por el tiempo de ocho años al presidio de Ceuta, manteniéndole allí en reclusión y sin comunicación mientras dure la actual guerra, y que todo se verifique con el prudente secreto que exige el caso.

También ha resuelto dicho superior jefe que se beneficien las prendas inventariadas propias de Soriano, exceptuando las precisas para su uso, y que del producto de ellas y demás dinero en efectivo que se le encontró al tiempo de su prisión se satisfagan nueve mil setecientos cincuenta reales de vellón suministrados para el viaje y subsistencia de la supuesta mujer legítima, las deudas que V. E. conceptúe justo pagar y los gastos que han ocasionado las diligencias practicadas, quedando a favor de la real hacienda la cantidad que resulte sobrante, deducidas aquellas partidas.

Lo manifestamos á V. E. de orden del señor generalísimo para el debido cumplimiento, incluyendo la adjunta carta para el gobernador de la plaza de Ceuta, en que se le dice el destino de Soriano, a fin de que V. E. se la dirija cuando lo tenga por conveniente.
Dios guarde a V. E. muchos años.


Madrid 30 de Abril de 1805.

Excmo. Sr. Antonio «Samper.Josef Navarro..Excmo. Sr. D. Francis«co Xabier de Castaños.»


Resulta de esta orden que Soriano había salido de las prisiones, del destierro, usando de frases anteriores del príncipe de la Paz, para su grande empresa. Si sabia historia, ¡cómo se mofaría de los que, al enviarle a Algeciras, recordaran quizás nombres que un rubor patriótico nos impide trasladar al papel! Que era de acreditada mala conducta anterior, aparece también, y no en son de reproche a los que, aun así, creían sacar fruto de las promesas de tal canalla; y consta del mismo modo que, no sólo se le facilitaban sumas considerables para el desempeño de su comisión, sino que se proporcionaban también, y no escasas, para que no careciese de la dulce compañía de una miserable concubina.

No hay, pues, por dónde mirar tal proyecto sin que no nos abochorne como hombres y sin que lastime nuestro patriotismo como españoles. Cuando, al relatarlo, traemos a la memoria aquella noble y hábil y honrosa estratagema que nuestros generales de Flandes emplearon en la conquista de Amiens, valiéndose del celo de un Portacarrero y del valiente y astuto sargento que supo ganarse en ella el tan celebrado título de Capitán de las nueces, no puede uno menos de lastimarse de la inferioridad de nuestros modernos proyectistas. ¿Por qué, después, arrojar un borrón tan oscuro como merecido sobre los medios usados por los franceses al apoderarse de las ciudadelas de Pamplona, Figueras y Barcelona en 1808? Que ni los medios deben rechazarse, se nos dirá, ni mirarse los antecedentes de los agentes de que valerse puedan los que tales empresas acometen, y menos después de ultrajes tan crueles y villanos como el de las fragatas. Hay que rechazar esos medios cuando hayan de merecer, como en los casos acabados de citar, una reprobación universal; y conviene mirar a quiénes se fían, porque de un hombre indigno y estigmatizado por las leyes no puede esperarse ni acción magnánima ni el que le ayude nadie más que para, al explotarlo a él, explotar la credulidad y la ineptitud de quienes en él confian y esperan.

Eso es precisamente lo que constituye la gloria ó el deshonor de una empresa. Los medios pueden olvidarse al recuerdo del éxito; pero ante la desgracia salen a luz todos los errores que un examen frio y sutil ha debido desechar al poner en la balanza de las probabilidades las necesarias para atraer la fortuna. De un presidiario con los antecedentes de Soriano y con las exigencias que revelan los favores y la consideración de que fué objeto, no debía esperarse otro resultado que el obtenido. Y si a eso se añade cuan sobre aviso debieron poner a Godoy las comunicaciones del general Castaños, nadie habrá que a la de poco digna no agregue, en la conducta del Generalísimo, la calificación de tosca y torpe. No eran terminantes las muestras de desconfianza comunicadas por Castaños; mas ¿cómo darlas, sin la seguridad de poderlas probar, a un un hombre enamorado del proyecto del petardista y ahogado por la alucinación de pensamiento tan patriótico y grandioso? Hubiera el comandante general del Campo de San Roque delatado paladinamente a Soriano; hubiera impedido el ridículo que entonces ó ahora pudiera arrojarse sobre quien apadrinaba proyectos tan descabellados; y, al estorbarlos, como quedaban sin intentarse, y por lo tanto sin realizarse, habría experimentado Castaños toda la ira, la vergüenza y el despecho del omnipotente privado. Castaños era muy hábil para caer en tentación tan funesta para su suerte, y harto hizo con advertir, aunque cautelosamente, de las contradicciones que hallaba entre las palabras y los actos de Soriano con la historia, las condiciones y posición de los que hacía pasar por cómplices suyos en Gibraltar.

La presa era para codiciada; y podíase, por ella, hacer cualquier sacrificio de dinero, de sangre y hasta de punto de honor; pero ¡cuánto mejor camino no era el que, ensayaba Izquierdo en París con el lord Yarmouth al proponerle la alianza de España mediante la devolución de las fragatas y la de la isla de Trinidad y de Gibraltar! El diplomático inglés pareció escandalizarse; la Inglaterra, sin embargo, estaba muy impresionada con. el armamento de Boulogne y la influencia cada día más grande que ejercía Bonaparte en Europa, y si no todo, porque era mucho, no hubiera dejado de hacer alguna gran concesión por formar una coalición poderosa y acaso decisiva. En ocasión semejante, ¿no la había hecho Jorge I en 1739?

VI.

Era para escarmentar tamaño fracaso como el sufrido, aun sepultado en un secreto verdaderamente admirable y que honra a sus agentes; pero insistente Godoy por la altanería, acaso, que en él hacia veces de carácter en ocasiones, llevado de un pensamiento patriótico cuyo éxito sabía que habría de asegurar su suerte, a cada momento ya más y más incierta aun con las apariencias de prosperar y prosperar sin límites, ó porque cayera en un nuevo lazo tendido por otro tan truhán como el presidiario de Ceuta, lo cierto es que cinco meses después volvía á sus proyectos sobre Gibraltar.

He aquí el traslado de un despacho, todo él escrito de puño y letra de Godoy, en el mismo estilo enfático y pretencioso que caracteriza sus correspondencias, y el misterioso que, aun no requiriéndolo el caso, se complacía también en darles siempre. Dice así:

 «Martí entregará a usted esta carta, le dará noticias de lo ocurrido y causas de su viaje; precaución prudente, confianza cauta y presteza en el momento, es cuanto encarga a usted mi deseo del mejor éxito y estimación de su persona: nada añado, pues la instrucción a boca será más enérgica y el comisionado está bien en todo.

Adiós, mi estimado Castaños; es de usted afectísimo.

El P. de la Paz.

Madrid 30 de Septiembre de 1805.» 

Por mucho que hayamos reflexionado sobre el anterior desapacho o, por mejor decir, carta de presentacion
y por mucho que hayamos discurrido para llevar a pensamientos de otra índole el espíritu de las contestaciones é incidencias que provocara, no hemos logrado sino afirmarnos, a cada lectura una vez más, en la idea de que la misión de Martí era la de otra nueva intentona contra Gibraltar.

¿Creería Godoy todavía en inteligencias que hubiese dejado Soriano en aquella plaza, con la esperanza de cuya ocupación le había entretenido,tantos meses?

¿Y cuáles podían ser esas inteligencias?

Antes formaba parte de ellas Mr. Trigg, el gobernador nada menos que de Gibraltar, cuya acción en favor de España podía ser decisiva. Ahora no podremos encumbrar nuestras ambiciones a tanto, pero no tendremos tampoco que descender más que hasta el secretario del nuevo jefe de aquella plaza. Ya que no cupieran sospechas de infidencia en el hermano de un hombre como Fox, se fundarían en la persona que por su talento ó travesura había sabido ganarse su confianza.

Veamos la correspondencia de Castaños; y, aunque con trabajo por el misterio que encierran las frases que en ella usa y en ocasiones tales le dictaban su carácter receloso y habilidad peculiar, podremos sospechar los intentos de Godoy y el agente nuevo en que puso sus esperanzas.

«Excmo. señor, dice la primera de sus contestaciones: Antes de ayer se me presentó el capitán Marti con la carta de V. E. de 30 dé Septiembre último, y para desimpresionar al público de la sensación que haría su venida, supuse que por disposicion de V. E. venía a, servir a mis inmediatas órdenes, y, en consecuencia, se le dio a reconocer por mi ayudante de campo, y como lo tengo alojado en casa, nadie podrá advertir las conferencias que precisa ocultar hasta de los que me rodean (1). El punto principal ahora es saber si ha regresado con el último convoy el coronel H..., y para este fin han ido esta.mañana a la Línea y avanzadas Navarro y Martí, preguntando éste por un comerciante para quien trae carta; pero fuera de la plaza no encontraron quien pudiera darles razón, y será preciso repetir el viaje y buscar medios disimulados para esta indagación, y hasta asegurarnos del  regreso del coronel nada puede intentarse y debemos continuar en la tranquilidad que hasta ahora se ha observado. Si en nuestros intereses está, según me ha dicho Martí, el secretario militar del gobernador, mucho confío, porque es mozo de talento y que me pareció travieso desde que lo conocí en mi entrevista con Fox, a quien gobierna ó manda en lodo, pues este general parece indolente y está siempre achacoso Con arreglo también a lo que me ha dicho Martí tiramos anoche a las doce tres cohetes para avisar su llegada.

Estoy impaciente hasta saber si tenemos al coronel H... en Gibraltar, pues deseo no perder momento, y que sin separarnos de la precaución prudente, confianza cauta y suma presteza, tan recomendadas por V. E. anteriormente y recordadas ahora, dispongamos todo para el día que ha de eternizar tan gloriosamente el nombre de V. E., ó que desengañados de la existencia de los datos en que funda un proyecto tan bien premeditado, pueda V. E. dirigir sus miradas hacia otra parte, y emplearnos todos donde podamos servir con más utilidad ó gloria que aquí, donde me sería doloroso permanecer si se frustrasen ahora las esperanzas de ver en nuestro poder este Peñón origen de tantos males y calamidades.

Ruego a Dios guarde á V. E. muchos años.

Buena Vista,10 de Octubre de 1805.


E. S. P. de la Paz.» 

(1) En la biografía del general Castaños que D. Pedro Chamorro publicó en su obra del Estado Mayor general del Ejército Español, único escrito en que hayamos visto alguna, aunque ligera, referencia al objeto que nos guía en el presente, encontramos un rasgo igual respecto a Navarro, cuando se presentó en el Campo de San Roque por primera vez. En esa biografía se supone que Godoy comisionó á Navarro para vigilar la conducta de Castaños, sabiendo que reprobaba los procedimientos del Incongnito y que es como se llamaba, al parecer, a Soriano en Algeciras; que Castaños comprendió ó sospechó la misión de Navarro, y, alojándolo en su propia casa, no sólo burló las sospechas del Generalísimo, sino que se captó la amistad, nunca desmentida después, de su subordinado.
Bien observado todo, y en vista de las inexactitudes que en este punto cometió el biógrafo de Castaños, quien no llegaría a ver los despachos que aquí publicamos, se nos figura que debe atribuirse a Martí y no a Navarro la misión de vigilar al comandante general del Campo, escarmentado quizás Godoy de los procederes usados poco antes para con Soriano, de quien tanto esperaba por lo visto.



Una de las cosas que más choca, al reflexionar sobre esta correspondencia y la anterior, es la poca animosidad que, a pesar del ultraje de las fragatas y de la declaración subsiguiente de guerra entre España é Inglaterra, se observa entre los subditos de una y otra nación en la línea de Gibraltar.

Debía estar aquella plaza, según las órdenes de su gobierno, en una muy rigurosa incomunicación con el territorio inmediato; azotado en parte, como varias otras comarcas de nuestro litoral, por la fiebre amarilla que, con el malogro de las cosechas y las dificultades de la navegación, hacía pasar a la Península por una de las situaciones más penosas que ha atravesado en los tiempos modernos. Y, sin embargo, vemos que no sólo se quebrantaban los reglamentos de policía, sino que la falta de vigilancia hacía creer como posible un levantamiento de los habitantes de la plaza y un asalto de los del campo inmediato de San Roque. Ahora la guerra se hallaba en su período de mayor encarnizamiento; las escuadras que pocos dias después habían de combatirse a la vista puede decirse de los actores mismos de los sucesos que vamos refiriendo, se hallaban ya una frente a otra; la franco-española guarecida en Cádiz indignada con las vacilaciones del almirante Villenueve, la inglesa esperándola en la boca del Estrecho para decidir, una vez por todas, de quién había de ser el dominio de los mares.

Los ánimos en los ingleses, como en los ribereños de aquella costa, debían hallarse en una excitación muy fuerte, y, con todo, se verificaban esas conferencias a que alude el oficio que acabamos de trascribir. Pero llega el día de tan perdurable como triste memoria, en que se hunde, y es de presumir que para mucho tiempo, aquel poderío marítimo que aún sabía como resucitar en pocos meses, tales eran los elementos que encerraba, el día de Trafalgar; y cuando en Andalucía, cual en la España toda, no se escuchaban otros acentos que los del dolor y de la indignación, en el campo de San Roque se celebraba otra conferencia, y, aunque oficial por referirse a un canje de prisioneros, más galante, de seguro, y quizá más cordial que las anteriores. Produciría este efecto en los ingleses la generosidad, que no por ser de vencedores había de hacerse denigrante cuando de vencidos la habían usado y recientemente en Canarias, al ser Nelson portador del aviso de su derrota a nuestras autoridades de Cádiz, ven los españoles,—hay que confesarlo,—entre sus sentimientos de genial galantería, el de aprovechar la entrevista para la empresa que tenían entre manos en aquellos momentos. Y, si no, véase el oficio de 4 de Noviembre en que el general Castaños relata esa entrevista al Príncipe de la Paz:

«Para arreglar, dice, algunos puntos sobre la remision de los prisioneros y formación de las listas, me pidieron el comisario general de Marina y el fiscal del Almirantazgo en Gibraltar una conferencia: contesté accediendo; lo que verificaron ayer, acompañados de uno de los ayudantes del general Fox y de D. Manuel Viale, que con el pretexto de servir de intérprete, vino a verme, siendo sujeto muy apreciable, y del que en tiempos pacíficos me he valido para todos los asuntos que han ocurrido, pues siendo favorito del duque de Kent, ha conservado mucho ascendiente con los gobernadores; y por éste he sabido que en un convoy que se supone salió ya de Inglaterra viene el relevo de los tres regimientos la Reina, núm. 13 y el 54, y el ayudante de Fox añadió que probablemente saldría el regimiento de Roll para Malta: no sé si esta variación la producirá en nuestro proyecto, ni cuándo se verificará la llegada del coronel H... que debemos aguardar en este convoy, en el que espera el gobernador su familia, y también la mujer de aquel secretario militar con quien, según me dijo Martíl se cuenta, de la que por incidente supe era irlandesa, pero no pude averiguar si es hija del coronel H...: de la llegada de éste, y tal vez de algunas particularidades que puedan interesar, espero estar enterado ahora que con el motivo del canje de prisioneros, como doy parte a V. E. de oficio, he conseguido introducir en Gibraltar a D. Pedro Abadía, que es sagaz, y que está allí muy estimado, y  a quien me dice el general Fox permitirá venir a conferenciar conmigo siempre que quiera para ahorrarme la sobrada repetición de oficios, y como para las ideas sucesivas conviene tanto mantener la confianza y consideración con que me trata el jefe inglés, aprovecho todas las ocasiones que puedan fomentarla, y ayer procuré que su ayudante y los comisarios fuesen muy satisfechos de mi franqueza y atención.

Ruego a Dios, etc. 
Buena Vista 4 de Noviembre de 1805.


Excmo. Sr. Príncipe de la Paz.»

A esta comunicación siguió otra de 11 del mismo mes, en que, después de recomendar la constancia y sufrimiento de las tropas del Campo, que aun privadas de tiendas de campaña en tal estación, sin sobras y con los vestuarios cumplidos, manifestaban su constante buen deseo y hasta alegría en el penoso servicio que les estaba encomendado, pasa a manifestar que todavía no ha llegado el coronel H..., aunque es posible que se halle de arribada en Lisboa con los regimientos que iban a relevar a los de guarnición en Gibraltar.

Seguían las comunicaciones con la plaza a punto de tenerse por ella la falsa noticia de haber sido batido el ejército francés en términos de que le sería imposible salvar sus reliquias de una destrucción total. Por la fecha, que es la del 23 de Diciembre, puede suponerse que la noticia debe referirse a la batalla de Austerlitz; pero ocultaba, con las alharacas inglesas para celebrar aquel triunfo imaginario, la derrota, además de un gran convoy salido de Gibraltar con las tropas, sin duda, que regresaban a Inglaterra.

Esta comunicación, como no pertinente al asunto de la reconquista de Gibraltar, no es autógrafa como las anteriores y otras tres, únicas ya que se refieren al gran proyecto del Príncipe de la Paz.

Ya nada se habla en ellas del coronel H... ni del secretario del general Fox; Navarro y Marti desaparecen por completo de la escena interesantísima de que eran los principales actores como dueños del secreto y sabedores de las intenciones del privado; y las tres se reducen a noticias muy interesantes, pero bastante ajenas al objeto de las anteriores. Si copiamos algunos párrafos, es para dar a conocer como los españoles y los ingleses caminaban a una inteligencia que, aun interrumpida por los manejos de Napoleón y las ambiciones de Godoy, concluiría por establecerse, tan sólida y eficaz como era necesario, por el arranque incomparable de la nación española y la perspicaz previsión de los hombres de Estado de la Gran Bretaña.

Ese silencio, ¿significaría el desistimiento de Godoy de una empresa que, fallida una vez, estaba para serlo dos, ó uno de tantos giros como dio en su vacilante política exterior?

La ya citada como torpe y lamentable proclama del 6 de Octubre de 1806, debió ser obra de largas meditaciones y de todo el tiempo que hubo de mediar entre Austerlitz y Jena, esto es, entre una victoria que, por ejecutiva y gloriosa que fuese, habría quebrantado no poco al ejército francés, y la que una gran parte de Europa contaba con que sería funesta y humillante jornada para él, teniendo a su frente a los soldados y generales de la Prusia. La Inglaterra no cesaba de buscar aliados en el continente; caía Pitt para que Fox, que no se había creado las antipatías que él, reuniese más voluntades, principalmente entre los ofendidos, y, sobre todo, se habían interrumpido las negociaciones de que Godoy esperaba sacar un fruto personal que Izquierdo le había hecho considerar ya como maduro y digno de sus elevadas aspiraciones. El enojo del valido había estallado con tal violencia, que hasta el mismo Izquierdo había sentido sus efectos, habiendo de humillarse hasta las adulaciones más bajas y las protestas más bochornosas para recuperar su gracia. Pero como Napoleon se hallaba más alto y era necesaria mucha cautela para hacerle blanco de sus iras, Godoy se dedicó al trabajo de zapa, creyendo con tiempo y perseverancia llegar a minarle, para, en ocasión oportuna, destruir toda su grande obra, la a que ya se le veía caminar, el imperio de Occidente.

Y tan acertado estuvo Godoy en la elección del momento en que habría de hacer estallar la mina, aunque cubierta de una capa densísima de anfibologías indescifrables y de misterios verdaderamente eleusiacos, que al sentir, como eco lejano y nada aterrador su explosión, el Emperador se hallaba ya en Berlín vencedor en dos grandes batallas simultáneas y conquistador en pocos días de toda la monarquía prusiana.

Ese trabajo de zapa tenía que ser lento, y por eso creemos que Godoy debía hallarse ya ocupado en él a la fecha de las tres comunicaciones a que hemos aludido, y cuyos principales párrafos vamos a poner inmediatamente en conocimiento de nuestros lectores.

La primera es del 6 de Marzo de 1806, y, después de pintar a Godoy la situación de las tropas del Campo, la misma de siempre, respecto a abrigos, dice el general Castaños:

«Continúa el sistema establecido con Gibraltar por si no hubiesen variado las ideas, y que en tal caso pueda tratarse cualquier asunto sin la menor sospecha; pero hasta ahora no ha parecido sujeto alguno de los indicados, y esta franqueza con precaución ha sido muy útil para el ejército, que, sin los socorros de menestras, la mayor parte al fiado, que se han sacado de aquella plaza, hubiera experimentado extrema necesidad. El gobernador Fox está muy contento »con la entrada de su hermano en el Ministerio, y confía en que el sistema que éste adoptará podrá proporcionar la paz...»

La segunda es del 12 de Junio, y, entre otras cosas, dice:

 «El general Fox me avisa en la adjunta carta su salida para Sicilia, habiéndosele conferido el mando en jefe de las tropas británicas en el Mediterráneo... El mayor general Drummond queda mandando en Gibraltar durante la ausencia de Fox, que no cree será muy larga, según indica su carta; pero no se ha verificado la salida de esta guarnición del regimiento suizo de Roll, ni se piensa en disminuir la fuerza de su guarnición.»

Ni antes ni después de estas comunicaciones, que sólo revelan que aún no se había desistido del todo del propósito contra Gibraltar, ni entre ellas tampoco, se encuentra despacho alguno del príncipe de la Paz por el que pudiéramos saber si es que había ó no cejado en sus proyectos, ó si es que Castaños lo ignoraba por no continuar manifestándoselos.

No hay en ellas, como antes indicamos, alusión de ningún género a Navarro ni a Martí; de modo que lo mejor que podemos suponer es que en Madrid no se acordaba ya nadie de Gibraltar ni de Castaños. Porque en su tercera carta, este general comienza por disculpar su largo silencio. Es ya del 18 de Diciembre, y la copiamos casi integra por lo significativa para comprender cuál era el estado de nuestras relaciones con los ingleses, aun cuando tan lejano todavía y preñado de sucesos nada favorables para la paz se hallaba aquel dos de mayo que había de fundir en uno los intereses hasta entonces tan diversos de España y de Inglaterra. Dice así:

«Excmo. Sr.: 
Creo que el mayor obsequio que puedo hacer a V. E. es el de no molestarle con mis cartas cuando los asuntos que por aquí ocurren no sean tales que merezcan su atencion, considerando también que las noticias que adquiero en Gibraltar las sabrá V. E. con más anticipación, no tratándose ya de las grandes expediciones al Mediterráneo con que pensaban los ingleses reconquistar la Italia. El general Dalrymple, que reemplazó al general Fox en Gibraltar, manifiesta más actividad y conocimientos militares que sus dos predecesores, y en el rigor de la disciplina militar quiere imitar al duque de Kent, por quien me ha sido recomendado: la casualidad me hizo conocerle la semana pasada, en que, habiendo ido a la Línea con los marqueses de Santa Cruz, se presentó cuando estábamos comiendo con el coronel Orell: manifestó más jovialidad y franqueza de la que es característica a los de su nación, y se extendió a tanto su atención, que se llevó a la plaza al marqués de Santa Cruz y esposa: al dia siguiente le volví la visita en Puerta de Tierra y me enseñó las obras con que por aquella parte aumentan sus defensas: he observado que han sacado para Sicilia los regimientos en que había mayor número de irlandeses, y que en el día, los escoceses y la legión alemana de dos batallones componen la mayor parte de la guarnición: me manifestó que cuando salió de Inglaterra había esperanzas de que pronto dejaríamos de ser enemigos, pero ya conoce que en el día han variado mucho las circunstancias, y con arreglo a éstas y a las ideas que contra los ingleses manifiesta el emperador Napoleón, me parece será conveniente irlos encerrando en la plaza y cortando la comunicación que por los motivos que sabe V. E. se había conservado hasta ahora........................
«En el dia estoy muy tranquilo por lo que respecta al ramo de provisiones, habiendo tomado la Direccion los verdaderos medios para no padecer escasez: los regimientos trabajan a porfía en su ins«truccion, todos están contentos y anhelan el que V. E. les proporcione ocasiones de acreditar el espíritu de que están animados. 
Ruego á Dios guarde á V. E. muchos años.
Algeciras, 18 de Diciembre de 1806.


Excelentísimo señor príncipe de la Paz.»


¡Qué injusticia la del general Castaños y que patriotismo tan egoista! ¡Cuando su ejército padecía escasez y tenía que tomar los víveres al fiado en Gibraltar, se aprovechaba de una comunicación exclusivamente debida a la política ó a la generosidad de los ingleses, y ahora, que vivía en la abundancia, trataba de irlos encerrando en su plaza!

Hasta esta circunstancia misma revela bien elocuentemente que se había cesado en los proyectos de reconquista tan calurosamente acogidos por Godoy en Noviembre de 1804 y con tanta perseverancia llevados hasta los primeros meses, si no hasta los últimos, de 1806.

No es fácil descubrir cuáles eran los medios con que se prometió a Godoy ejecutar la empresa a que tan patrióticamente aspiraba al enviar al campo al capitán Martí. Sólo se puede observar que se confiaba en la complicicidad del coronel H... y del secretario militar del general Fox, pues bien claro vienen a decirlo las cartas en que tan repetidamente se les nombra y en que se deja ver la impaciencia con que se esperaba su llegada á Gibraltar. Algún petardista del género de Soriano se valdría de sus nombres para pintar como fácil la empresa, del mismo modo que el presidiario de Ceuta hacía escuchar el de Trigg, suponiéndola hacedera con la cooperación de personaje tan influyente.

VIII

No seremos de los que acusen al célebre valido por acometer la reconquista de aquel hoy ominoso Peñón, y antes ornato el más envidiado en el angosto boquete por donde comunican los dos mares de que la civilización ha hecho su principal vehículo. Lo que no pudo alcanzar el ejército franco-español durante la guerra de Sucesión en un asedio inacabable; lo que al derecho reconocido por un monarca inglés negó su omnipotente Parlamento; lo que parecía perderse para siempre al ver cómo ardían las flotantes del ingeniero D'Arzon, a  pesar de que se consideraran como incontrastables, podría lograrlo un acto de audacia inesperada, una estratagema como tantas otras que han abierto las puertas de plazas más formidables quizás que la de Gibraltar.

Todo eso es cierto; y no ha de ser nunca reprensible quien, impulsado por un celo siempre laudable, busque en la maña de los suyos ó la torpeza de los contrarios la fuerza que las circunstancias hayan podido arrebatar a su patria. Ese camino está y estará abierto a los débiles despojados de lo que la naturaleza y el derecho les ha concedido. Pero no puede aceptarse que se emprenda ese camino sin seguridad de éxito, sin probabilidades, al menos, de alcanzarlo en cuanto quepa en los cálculos de una prudencia que, de no acreditarse, ha de producir el descrédito de la nación, responsable de hecho de los errores de sus hombres de Estado.

Lo que hemos dicho de Soriano, hemos de repetirlo respecto a Martí ó a la persona que debió influir sobre él y sobre el príncipe de la Paz.

Se contaba con dos personas, de las que una, al menos, se encontraba lejos de Gibraltar, y no sabemos si llegó a avistar la orgullosa columna. Debía, pues, haber pensado Godoy que, además de lo inverosímil de una complicidad tan fea en personas caracterizadas, no podía una de ellas ponerse de acuerdo con ellas fácilmente hallándose en Inglaterra, casi incomunicada entonces por la guerra. ¿Era tan fácil hallar en Calpe otro gobernador ó delegado suyo que hiciese lo que el nuestro de la provincia Tingitana había hecho once siglos antes, llevado, más que por su deslealtad, por la ira del deshonor y el deseo de su reparación?

Tan ineficaz, pues, como el primer proyecto era el segundo, y los resultados habrían de ser los mismos; un fracaso, que debía esperar todo hombre prudente, y la demostración de la falta de habilidad en el que España tenía por centinela de su honra, colocado en la cima del poder con el favor de sus ofuscados monarcas.

La historia es y debe ser inexorable, si ha de ensañar, en sus juicios; y ninguna lección más útil que la de las desgracias, pues que la prosperidad deslumbra con su brillo a los más perspicaces y ciega a los que, influidos por el orgullo, remontan locamente su ambición a regiones a que no les es dado alcanzar.

Por eso, aun siendo enojosa, hemos emprendido esta tarea que, además de producir el conocimiento de datos completamente ignorados, puede advertir de algún peligro a los hombres constituidos en poder en ocasiones parecidas á las que hemos desenterrado del misterio en que yacían.


IX.

Antes, sin embargo, de terminarla, hemos de llamar la atención de nuestros lectores sobre el último párrafo de una de las cartas del general Castaños, la ya citada del dia 7 de Enero de 1805. En ella revela el ilustre veterano la penetración militar que ya se le concedía en España y las altas dotes que después habían de hacer universal su fama é imperecedero su nombré.

«Ha muerto, dice, el gobernador de Ceuta D. Antonio Terrero, y tomo la libertad de insinuar á V. E. que en las actuales circunstancias es muy urgente que se nombre un sucesor muy escogido y que sin mucha dilación pueda pasar a aquella plaza, que en el día está a cargo del Teniente de Rey, que sé halla en cama paralítico, reemplazándole el coronel del regimiento de Jaén, que tiene poca más aptitud, y ambos sin la energía y demás cualidades que requiere aquel delicado é importante mando.»

Cualquiera, al leer estos renglones entre las muestras del recelo que le inspiran las promesas temerarias de Soriano y las del deseo de que deje de sentirse en España el grave peso de la ocupación de Gibraltar, comprenderá toda la importancia que daba Castaños a aquel otro promontorio que con el de la colonia inglesa divide el dominio del Estrecho por donde comunican el Océano y el Mediterráneo.

Y es tanta, con efecto, que bien puede asegurarse que supera en mucho a la que generalmente se ha concedido a Gibraltar, no contando con el borrón que imprime a la dignidad nacional la ocupación de un punto, por insignificante que fuera, del suelo patrio por el extranjero.

Cuanto se ha trabajado, y ha sido mucho, por neutralizar la influencia del Peñón, ha venido demostrando que no está en él precisamente el dominio del Estrecho; y si la navegación al vapor ha servido a burlar en parte las dominaciones de uno y otro lado, a Ceuta y á Tarifa, no corresponden a Gibratar la guarda y la vigilancia más inmediatas a las líneas que hayan de recorrer las escuadras en su paso de uno al otro de los mares que allí se comunican.

Por el año de 1863, y con motivo de tratarse del cambio de Gibraltar por Ceuta, cambio que halagaba a muchos, influidos, más que por la reflexión de sus ventajas, por un patriotismo digno siempre en los españoles, decíamos en «La Asamblea del ejército y armada»:

«Frente á Gibraltar, en la costa opuesta de Africa, se levanta la segunda de las columnas que separó Hércules con sus robustos brazos para inundar con las aguas del Océano el vasto receptáculo que hoy cubren las del Mediterráneo, donde acaso florecieran naciones poderosas y ricas y populosas ciudades. Y como si la fábula encerrara el espíritu profético de los tiempos, éstos han venido á hacer de las dos columnas las atalayas y el refugio de los que por aquel angosto canal van a engolfarse en el inmenso piélago llamado por los antiguos de las tinieblas»

Calpe y Avila, Gibraltar y Ceuta, son efectiva«mente dos robustas columnas desde las que se domina el Estrecho, columnas que miradas aisladamente son fuertes ó capaces de serlo en igual grado, y representan igual papel, y pueden hacer el mismo oficio para el navegante.

Pero Ceuta lleva una inmensa ventaja a Gibraltar. Esta plaza se liga al territorio de un pueblo robusto por el número de sus habitantes, por su organización y por su cultura, que si por las vicisitudes que ha tenido que sufrir no ha podido hasta ahora recobrarla, la hará suya en época no remota, porque lo desea con vehemencia al par que crece en fuerzas y riqueza y que se regenera de la decadencia en que se hallaba sumida al perder tan preciosa joya. No hay que perder de vista lo que anteriormente hemos indicado; esto es, que lo que aumenta en poder España disminuye Gibraltar en influencia, a tal punto y en proporción tal, que ni la plaza inglesa sería hoy inexpugnable, ni su fondeadero y muelles podrían ofrecer seguridad a las escuadras contra un ataque vigoroso cual el que nuestro país pudiere verificar, unidas como están las voluntades en este patriótico asunto.

Los ingleses han visto los arranques generosos que ha dado la nación para la guerra de Africa, han debido observar la agitación producida por palabras que han pasado por amenazadoras entre las masas del pueblo, y deben saber que su orgullo y actos análogos al de la presa de Gibraltar han hecho tan poco simpática la alianza con la Gran Bretaña, como popular es la guerra con los moros, y reservada y condicional la amistad con la Francia.

En Ceuta, los ingleses tendrían en poco tiempo un establecimiento cual les importa tener cerca del Estrecho, mucho más desahogado que Gibral«tar, más tranquilo, en territorio que siempre ha de estarle aliado y ofreciéndole en todas ocasiones los medios necesarios para mantenerse y las probabilidades de una ocupación permanente.

Pero ¿convendría á España ceder Ceuta ó las Chafarinas en cambio de Gibraltar? Hé aquí un punto de la mayor gravedad en la discusion de los intereses de España. Muchos hay que abogan por el cambio, no pocos que lo desaprobarían, y nosotros somos del número de los últimos. Al obedecer al impulso violento de la ira que produce la desmembración de la Península, y al de la vergüenza que siente todo español al ver sobre una roca española ondear un pabellón que no ostenta los leones y castillos en su escudo, todo sacrificio se hace pequeño y no so mira masque a la satisfacción del momento; pero si se considera el desarrollo que van adquiriendo en España la población y la riqueza, el estado sólido de organización que va rápidamente obteniendo y las fuerzas que vamos ya ostentando, hay que pensar en un porvenir de grandeza que en vano se trata de impedir, y que bien ó mal de su grado han de ver muy pronto amigos y enemigos.

Entonces lamentaríamos ó lamentarían nuestros hijos ese cambio; pues que comprenderían que para aquella época habría caído en su poder la plaza de Gibraltar, y encontrarían en la que se hubiese cedido un obstáculo poderoso a su engrandecimiento.

Esperemos sin impaciencia, unidos en voluntad y resueltos a obrar enérgicamente cuantos esfuerzos sean necesarios; que vean los extranjeros que en esta tierra, aun siendo la gente en todas edades valerosa, magnánima y de levantados y nobles pensamientos, como la llama Dunham, y sintiendo, como tal, el despojo cometido por sus compatriotas los ingleses, no cede a impresiones del momento, y estudia y calcula lo que puede convenirle.

La plaza de Gibraltar no podría ser, en una guerra con la Gran Bretaña, una base sólida de operaciones contra nuestro país, porque su capacidad no es suficiente para albergar un gran ejército, y porque aun el pequeño que pudiese contener, ni saldria de sus murallas por el temor de verse asaltado en el país áspero que se encuentra al frente, ni podría mantenerse dentro de ellas por la dificultad de proveerse de víveres y por la facilidad de que se desarrollara entre los habitantes y las tropas una epidemia que las destruyera. En la guerra de Sucesión, Gibraltar estuvo casi constantemente sitiada por españoles y franceses; pero cuando los aliados se enseñorearon de la mayor parte de España, ésta se vio invadida en muchas direcciones y Felipe V a punto de abandonarla para siempre, no pensaron siquiera los ingleses en acometer desde Gibraltar las provincias meridionales. En la guerra de la Independencia, esta plaza sirvió de abrigo a los pequeños ejércitos que después de operar en la Serranía de Ronda y a espaldas de los sitiadores de Cádiz tenían que retirarse y abandonar sus incesantes ataques, pero nunca de base de operaciones en grande escala.

De donde han de venir siempre los ingleses cuando quieran ofendernos dentro de la Península es del Portugal, como es natural militarmente hablando, y como ha probado la experiencia. De todos modos, saben los ingleses que en un conflicto europeo la nación española no haría nunca alianza con ellos sin la entrega previa de Gibraltar, y que, siendo enemiga, había de serle muy adversa la fortuna para que fuese popular una paz sin la devolución de aquella plaza.

Además, si hoy el poder marítimo de la Ingla»térra no conoce rival en el mundo, ¿sería difícil que, a consecuencia de nuevos descubrimientos en el arte de combatir en la mar, ó por efecto de atenciones perentorias en otras regiones, ó al impulso de un huracán, desapareciera, aunque fuese temporalmente, su supremacía en el Mediterráneo? ¿Qué tardaría entonces en ser nuestro Gi«braltar?»

Posteriormente no ha habido más que motivos para que nos ratificáramos en esas opiniones, apoyadas también por los oficiales más distinguidos del ejército. Los trabajos del Cuerpo de Ingenieros y los informes de la Junta consultiva de Guerra en los diferentes períodos de su existencia han venido confirmándolo.

Había un hombre en España cuyo celo no conocía límites, aguijón punzante é infatigable para no per.mitir ni aun la menor, dilación a los oficiales de aquella arma en las varias comisiones a que este asunto ha provocado, alma a la vez, como su presidente, de la corporación últimamente citada. Ese hombre, que no es otro que el inolvidable marqués del Duero, de tan gloriosa como triste memoria, pensó, se agitó, y hasta creemos que soñaba con la generosa idea de acabar con la influencia de Gibraltar en el Estrecho. No le satisfacía la inspección de los mapas ni la de los planos levantados con el pensamiento de ilustrarle en su voluntaria y a veces oficiosa tarea; no le bastaban la lectura y el estudio de cuantos escritos le ofrecían los que en su derredor debían secundarle, y se resolvió, por fin, sin mandato oficial alguno, sin más oportunidad
que la constante de su anhelo patriótico, a visitar y recorrer los lugares mismos, y meditar sobre las excelencias y defectos que ofrecieran para la defensa del Estrecho y habrían de decidir la cuestión.

Y desde el Hacho de Ceuta dirigía al Gobierno estas, que, si la memoria no nos es infiel, pues que las escuchamos después de sus labios, son sus mismas palabras: «Que se envíen a Ceuta cuantos morteros existan en los parques de la Península, ó no sean de precisa necesidad en las plazas, y el dominio del Estrecho será, como debe serlo, de España.»

Vemos, pues, que en nuestra patria ni antes ni ahora se ha dado al olvido una cuestión que entraña tantas otras de dignidad nacional, de influjo legítimo y de equilibrio general europeo, pues que su desenlace será la señal de nuestra regeneración militar y política, tan necesaria como para España, para muchas naciones del mundo. Si como fueron patrióticos, y no le escaseamos nuestros elogios en ese punto, hubieran sido los propósitos de Godoy dictados por la prudencia que debe caracterizar a los hombres de Estado, el descubrimiento de los interesantes papeles que han servido para este escrito habría sido para él un título indisputable de gloria. No lo fueron, y, por el contrario, estuvieron a punto de comprometer, no sólo la reputación de un general ilustre, a quien después de todo se hubiera atribuido trama tan grosera como la con que se pretendía la reconquista de Gibraltar, sino que también la fama de una nación que habrá podido ser inducida a no pequeños errores, pero que nunca ha desmentido la de lealtad en sus procedimientos de política exterior.

Recaigan, pues, en quien correspondan todas las responsabilidades que del hallazgo de distintos datos sobre la intentona de 1804 contra Gibraltar pudieran exigirse a las personas dignísimas que en ella parecían intervenir,, y que cuatro años después eran los primeros en abrir el abismo en que iban a hundirse las ambiciones y las glorías del primer imperio francés.

 José Gómez de Arteche.




   Luis Javier Traverso








Publicado en el Revistas Europea del 06 de enero  y 13 de febrero de 1876 
Documento del Archivo de la Prensa Histórica de la Biblioteca Nacional de España.

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